Si suena analógico suena natural


Se ha hablado mucho de cómo ha cambiado la mercantilización y el consumo de la música en las últimas décadas, pero poco se ha dicho sobre la propia música, que en su faceta más esencial, la artística y cultural, parece ser cuando menos preocupa. Y es que ya ha pasado suficiente tiempo como para echar la vista atrás y plantearnos, en términos de sonido y verosimilitud, dos cosas: La primera, qué bueno y qué malo nos ha traído la digitalización de la música, y la segunda, si echamos de menos el sonido analógico.
No hay una estricta relación de causa y efecto, pero si ponemos un muro mental entre la música analógica y la música digital, observaremos que hay curiosas diferencias. Ya no solo en cuanto al sonido, también me refiero a la composición y orden de los instrumentos, al uso del espacio, de los volúmenes, de la compresión, del concepto de vocalista…Y es que, atendiendo a lo último, si nos fijamos en el papel que juega el cantante en una canción más propia de la era analógica, veremos como la voz se funde entre el resto de instrumentos, y cómo de las ondas emana una imagen mental que nos dibuja a dicha banda en una especie de círculo, círculo en el que guitarras, percusiones y voces se entremezclan, todos bien integrados.

Si acto seguido reproducimos música más reciente, podemos observar que es muy probable que sea más difícil dibujar este misterioso y natural círculo: Ahora notamos como el cantante se eleva sobre el resto de instrumentos, con un uso más miedoso de la reverberación: Es lo que, en el mundillo, se llama el efecto In your face. El resto de instrumentos, además, no necesariamente están tan integrados, eso ya no importa tanto. Importa más tenerlos bien controlados y comprimidos, que den una sensación de potencia y magnitud. Claro que esto está estrechamente relacionado con lo que conocemos como la “guerra del volumen” (loudness war), ¿Sabes qué es? Artistas y sellos batallan para que su música suene más fuerte (y no necesariamente mejor), pues la recepción sonora de nuestro oído no es lineal, sino que necesitamos más volumen para apreciar mejor las frecuencias graves. Aunque esta batallita tiene su semillita en los años 50, ha ido creciendo durante las décadas y no ha sido hasta ahora que hemos podido palpar sus verdaderas consecuencias. Las siguientes ondas pertenecen a los remasters que sufrió la canción “Something” de los Beatles a lo largo de las últimas décadas:

Aquí podemos apreciar como cada década requería un master de más volumen. Y estamos llegando a un punto en el que, para seguir aumentándolo, la única vía es elevar los instrumentos que están más bajos en la mezcla, lo que disminuye el rango dinámico y hace que una canción acabe sonando “enlatada”. ¿Es esto culpa de la digitalización de la música? Como hemos dicho al inicio, no necesariamente, pues hemos visto que estó empezó años atrás. Sin embargo, para los detractores del nuevo sonido es muy recurrente señalar lo digital: “Cuando se hacían los masters con magnetófono de cinta se utilizaba la distorsión porque era saturación armónica que provenía de un circuito eléctrico a válvulas y era una saturación subjetivamente bonita que al reproducir en cinta resultaba gustosa o especial(…) En digital no hay saturación bonita, suena cascado, como un crack,! Pppckk, Chkk!” decía Óscar Moreno Gómez, ingeniero de sonido y detractor de la loudness war.


Sin embargo, terminamos el artículo con buenas y recientísimas noticias, y es que plataformas actuales como Spotify han modulado el volumen de su reproducción reduciéndolo a – 14 LUFS. (Lo que quiere decir que por mucho que un ingeniero se esfuerce en superar esa medida, al pasar por los procesos de subida de Spotify, la canción no pasará de ese límite). Es una oportunidad magnífica para rebobinar e intentar respetar el sonido del que somos hijos, el analógico, el natural como la vida misma.

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